Texto argumentativo


 UN ESTERCOLERO QUE DEFORMA LAS MENTES (JAVIER LORENZO)

¿Suprimir la telebasura? ¿Sólo suprimirla? Eso es poco. Habría que extirparla, erradicarla, demolerla, fulminarla, destruirla, aniquilarla, arrasarla y, si me apuran, hasta regurgitarla y defecarla. Delenda est telebasura. Arranquémosla de cuajo hasta los cimientos, prendamos fuego a sus techos y paredes y, finalmente, arrojemos sal sobre sus humeantes y calcinados restos para que jamás vuelva a surgir vida de entre esos repugnantes despojos.

Lamentablemente, estamos en una democracia (confío en que se capte la ironía de ese "lamentablemente") y resulta imposible la adopción de medidas tan expeditivas como necesarias, cual pudiera ser el envío de la división acorazada Brunete para que laminara algunos platós de televisión. Por la misma razón, tampoco el Gobierno tiene las herramientas apropiadas para acabar con este peligroso fenómeno. Las sociedades capitalistas no ven con buenos ojos que se coarte a golpe de decreto ley el inalienable derecho de una empresa a ofrecer porquería a sus clientes.

Hay, pues, que encontrar otros métodos para eliminar esta repugnante marea que surge de las pantallas. El primero, sin duda, es el de la educación. Una persona educada y con cierto criterio puede enredarse ocasionalmente en alguna de estas apestosas algas, pero jamás quedará atrapada en ellas. Por el contrario, hay que convenir que existen muchas posibilidades de que los jóvenes que hoy berrean en el estudio de Crónicas Marcianas, mañana sigan haciéndolo. Cuantas más personas inteligentes y rectamente formadas haya, menos telebasura habrá. Cuanta más telebasura haya, más pobres de espíritu surgirán. Existen otros mecanismos que pueden aplicarse con más prontitud para acabar con esta lacra o, al menos, evitar que rebose. Uno de ellos sería la creación -¡ya!- de un Consejo Audiovisual, que es un mecanismo de control de que disponen todos los países occidentales a excepción de Luxemburgo y, obviamente, España. Es curioso que un Estado que se preocupa tanto por la salud física de sus ciudadanos, descuide de tal modo su salud mental, permitiendo alegremente que un medio tan poderoso e influyente campe a sus anchas, envenenando los cerebros de varias generaciones.

También sería conveniente que TODAS las televisiones autonómicas pudieran captarse en abierto en TODO el territorio nacional. Fragmentaría el mercado, aumentaría la oferta y fortalecería la cohesión del país. Asimismo, la iniciativa privada podría dar un paso al frente y crear un canal/estercolero donde se acumulasen todos estos productos. Canal Valdemingómez podría llamarse, por ejemplo. Esto limpiaría un tanto el paisaje y permitiría a los directivos de las televisiones perder el pánico que les embarga y apostar por proyectos más interesantes.

Por último, es fundamental quitar al índice de audiencias todo su poder. Al share de marras se le da excesiva importancia. Y no digo yo que GECA no haya hecho un buen muestreo con sus 3.000 seleccionados, pero es evidente que quienes más consumen telebasura son también los que menos poder adquisitivo tienen. Por eso se pasan el día frente al televisor. El día que los anunciantes comprendan esto, tal vez las cosas empiecen a cambiar.

Comentario lingüístico:

El texto en cuestión es un alegato contundente contra lo que el autor considera un problema cultural significativo: la telebasura. Mediante un lenguaje vívido y cargado de valoraciones negativas, busca persuadir al lector de la necesidad de eliminar este tipo de contenidos y fomentar una televisión de mayor calidad. Desde una perspectiva argumentativa, el texto pertenece a la variedad textual que intenta convencer al lector de una opinión, en este caso, la urgente necesidad de erradicar la telebasura. La tesis se presenta de manera explícita desde el inicio: una crítica directa a este tipo de programación. A partir de aquí, el autor desarrolla una estructura deductiva, presentando argumentos en cadena que refuerzan su postura inicial.

En el nivel pragmático, predominan las funciones apelativa y referencial del lenguaje. Por un lado, se busca influir en el lector, movilizándolo a actuar contra la telebasura; por otro, se transmite información clara sobre sus efectos negativos. El punto de vista del emisor es claramente subjetivo, ya que el autor expresa su oposición rotunda a este fenómeno y sustenta sus argumentos con juicios de valor. El destinatario es amplio y general, ya que el mensaje puede ser comprendido por cualquier lector interesado. En cuanto al canal de comunicación, se trata de un mensaje unilateral, sin posibilidad de respuesta inmediata.

El texto sigue una estructura bien definida. En la introducción, el autor presenta su postura crítica hacia la telebasura, estableciendo el tono y el propósito del texto. Luego, en el cuerpo argumentativo, desarrolla razones para sostener su tesis, entre las cuales destaca la propuesta de fomentar la educación como herramienta para combatir este fenómeno. Finalmente, concluye reafirmando su posición inicial, cerrando el texto con una invitación implícita a la reflexión y la acción.

Desde el punto de vista lingüístico, el texto se caracteriza por un registro estándar, ya que incorpora toques coloquiales que lo hacen accesible al público general. La adjetivación es valorativa y está cargada de connotaciones negativas, como se aprecia en expresiones como "repugnantes despojos". Además, el autor emplea recursos retóricos como metáforas y enumeraciones, que contribuyen a intensificar el impacto emocional del mensaje. El uso de conectores discursivos, como "finalmente", asegura la cohesión y la claridad del texto.

Asimismo, la sintaxis es compleja, con oraciones extensas que integran múltiples ideas relacionadas. Además, destaca el empleo de oraciones interrogativas que introducen reflexiones críticas, como “¿Suprimir la telebasura?”. Estas preguntas refuerzan la conexión con el lector y subrayan la implicación emocional del autor. También es notable el uso de la subjetividad, reflejada en el uso del plural sociativo ("estamos") y las referencias personales del emisor dentro del discurso.

En conclusión, este texto argumentativo cumple con todas las características propias de su tipo. A través de una organización clara y un estilo persuasivo, logra transmitir una crítica contundente a la telebasura y plantea propuestas para fomentar una televisión más enriquecedora. La fuerza de su mensaje radica en su capacidad para combinar elementos racionales y emocionales, invitando al lector a reflexionar sobre la calidad de los contenidos que consumimos.

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